La desaceleración económica, junto con los trágicos sucesos, acarrean secuelas que se van padeciendo en términos tan palmarios como las reestructuraciones acometidas en casi todos los sectores, el crecimiento del desempleo, la evaporación de los bonus y la desconfianza comercial e incertidumbre basta seguir la publicación de las cuentas de resultados de tantas compañías . Como las previsiones de futuro están reñidas con el prestigio profesional, cabe recalar en el pasado para extraer de él lo mejor que puede ofrecer: criterios y perspectiva para interpretar el presente.

La experiencia enseña que el acierto de las acciones está vinculado al ritmo temporal con el que se emprenden. El paso de los años desvela que la voluntad puede llegar a ser más fuerte que el destino. Actualmente, las noticias y las circunstancias en las que se producen suelen afectar a la marcha de las empresas, pues acrecientan o menguan las naturales olas de incertidumbre que mecen a las personas y a sus decisiones.

Vivir al día
En nuestra época se vive al día, que es como un no vivir. Impera el corto plazo, se exigen resultados y se adoptan decisiones empresariales que perjudican la posición estratégica a largo plazo, único horizonte fidedigno para medir la creación de valor. La película The Score plantea un diálogo muy suculento al respecto: Robert de Niro ladrón veterano le ofrece a Edward Norton joven aprendiz en las lides delictivas un consejo nacido de la experiencia: “Piensa claramente en los objetivos que deseas alcanzar, luego tómate veinticinco años para hacerlo”. El desarrollo de la trama permite al espectador saborear las ventajas de la tenacidad paciente en el largo plazo versus la precipitación vital.

En la actualidad, las personas empleamos una tasa subjetiva de descuento del tiempo muy elevada, de modo que el futuro cuenta poco. Sin embargo, ante la ausencia de una perspectiva que supere los límites más inmediatos, el riesgo y la incertidumbre adoptan un tamaño amenazante y desencadenan sentimientos de inseguridad, desconfianza y ansiedad.

Warren Bennis, en el prólogo de Maslow on Management, recuerda que, en sus años universitarios, le recomendaron un libro de Maslow y Mittelmann que versaba sobre patologías psicológicas: “Nunca olvidaré las dos fotografías de su portada: una mostraba un grupo de bebés hermosos y sonrientes en la sala de maternidad de un hospital infantil; debajo, otra fotografía mostraba un grupo de personas ojerosas, con gesto cansado que, amontonadas en un vagón del metro de Nueva York, esgrimían por las ventanas una mirada perdida. La leyenda de las dos fotografías rezaba: ¿Qué ha pasado?” Una imagen familiar de la que cada lector puede sacar consecuencias variadas.

En cualquier caso, parece acuciante la necesidad de recuperar la riqueza que entraña una vida privada consciente de no ser una huida, una autoexclusión social, sino una oportunidad para renovarnos como personas, para enriquecer el espíritu, es decir, la capacidad de proponernos fines que superen los condicionantes que imponen la tiranía de la inmediatez. Paradójicamente es esta capacidad de trascender lo que nos acogota, la que nos acerca a otras personas, nos facilita el trato personal del que está tan necesitada la vida empresarial y en especial la acción de los directivos.

El ambiente empresarial se encuentra saturado de recetas rompedoras y ayuno de saber lo que pasa en la realidad. Escasean las personas según Hermann Simon sobrias y prudentemente calculadoras, que definan de nuevo las reglas de juego, orientándose en las verdades perennes de toda la vida, ajenas al vaivén de las circunstancias.

El éxito continuado se aviene malamente con la retórica revolucionaria fruto de intuiciones a corto plazo. Las historias de éxitos debido a estrategias revolucionarias suelen deslumbrar, pero no perduran. Últimamente, se habla de revolucionar la cultura de una empresa y se acaba no dejando títere con cabeza. Ahora bien, las empresas no soportan las utopías, siempre pasan factura de los excesos. Incluso cuando se han adoptado poniendo la mira en los informes positivos de los analistas que, a su vez, empujarán las sinuosas cotizaciones bursátiles. Los directivos con talento, como los buenos deportistas, saben tomarse los plazos de tiempo precisos para que el ejercicio exigente no produzca agujetas, que en las empresas tienen efectos más duraderos que en los atletas.

Centrarse en el objetivo elegido y acercarse gradualmente, que no quiere decir lentamente, haciendo justicia a las cosas pequeñas, que son de las que están hechas las grandes, puede llegar a ser una dirección revolucionaria en el largo plazo. El único que realmente cuenta.

Guido Stein

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