“Si llamas experiencias a tus dificultades y recuerdas que cada experiencia te ayuda a madurar, vas a crecer vigoroso y feliz, no importa cuán adversas parezcan las circunstancias.” Henry Miller

Siempre he escuchado a las personas decirse unas a otras “nunca cambies”. Es una frase sumamente trillada, un paradigma cada vez más alejado de la realidad, de una realidad en la que el cambio es la única constante.

La vida nos enseña, poco a poco a desechar -tal como lo hacen las serpientes-, a cambiar aquellas pieles que ya no nos protegen, que ya no nos sirven y que nos detienen para avanzar hacia mayores metas.

Si miras bien a tu alrededor notarás que a lo largo de tu vida has atesorado una inmensa colección de cosas que pensabas te serían útiles en algún momento de tu vida. ¿no?, ¿qué me dices de aquel aparato para ejercicios que nunca usas, pero que compraste con la intención ponerte en forma?, ¿y esa ropa de los 60’s que ya no te queda, pero guardas para cuando se vuelva a poner de moda?.

Y ni hablar de tu escritorio en la oficina, seguramente lo tienes atiborrado de papeles que hace dos años no tocas, pero que conservas por si a caso te llegan a ser útiles (aunque muy en tu interior sabes que nunca lo serán).

Lo mismo pasa con nuestras metas y ambiciones, regularmente guardamos en nuestra cabeza miles de ideas que nos impiden desprendernos de todo aquello que nos impide ser objetivos. Tenemos tendencia a adoptar ideas preestablecidas, nos preocupamos demasiado por complacer a los demás, por hacer las cosas SIEMPRE de la misma forma y mantener premisas caducas.

Sobre todo a nivel empresarial existe la tendencia a conservar estructuras, formas de hacer y responder, el pretexto: “las cosas siempre se han hecho así”.

Cambiar es como lanzarse de un bungee, da miedo. El salto al vacío, el vértigo de la altura, la inseguridad de que la cuerda no resista o de que sea demasiado larga y no detenga nuestra caída. El miedo a soltar, a despegar los pies, a notener nada que asir con las manos. Ahí está el reto… en soltar.

Impedir el cambio nos empequeñece, nos atrofia. Nunca pienses en que nunca volverás a tener lo que tenías ¿has pensado en que posiblemente no te haga falta? Es diferente tener un criterio claro y un estilo personal y otra aferrarnos a conceptos preestablecidos, posiciones rígidas y esquemas mentales que no favorecen nuestro crecimiento ni el de nuestra empresa. No olvides tus ideas, sólo depura, distingue entre lo que te sirve y lo que no.

No se trata simplemente de adaptarse, hay que evolucionar. Como les decía al inicio, en este mundo que nos ha tocado vivir, la única constante es el cambio.

Sandra L. Román Lemus

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